El Golpe de 1955 y la Furia Revanchista
En septiembre de 1955, un sangriento golpe cívico-militar autodenominado “Revolución Libertadora” —a la que el pueblo bautizó rápidamente como la Fusiladora— derrocó al presidente constitucional Juan Domingo Perón tras haber bombardeado la Plaza de Mayo en junio con aviones de la Marina que lucían la cruz y la palabra “Cristo Vence”, masacrando a más de trescientos civiles indefensos.
Los golpistas intervinieron la CGT, asaltaron los sindicatos, encarcelaron a miles de delegados fabriles, destruyeron los bustos de Eva Perón, secuestraron y profanaron su cadáver embalsamado, e hicieron arder en hogueras los libros de lectura de las escuelas primarias. La oligarquía creyó que borrando los símbolos materiales del justicialismo lograría extirpar el peronismo de la conciencia de la clase trabajadora.
La Flor Silvestre que Burló al Tirano
¿Cómo mantenerse unidos cuando estaba penado con la cárcel incluso pronunciar el nombre de su líder? Fue en los barrios obreros de Avellaneda, Lanús y Berisso, y en los talleres ferroviarios de Remedios de Escalada y Tafí Viejo, donde nació una de las metáforas más bellas de la resistencia política mundial.
Los militantes de base comenzaron a arrancar al costado de los terraplenes del tren y en los canteros de los descampados una modesta flor silvestre de pétalos celestes y corazón amarillo: el “No Me Olvides” (del género botánico Myosotis).
Discretamente, los compañeros se prendían la florcita con un alfiler en la solapa del sobretodo, en la campera de cuero o en el mameluco de trabajo. La policía de la dictadura no podía arrestar a un ciudadano por llevar una flor del campo prendida en el pecho. Sin embargo, para cualquier trabajador argentino, el mensaje era transparente, sagrado y desafiante:
Los 18 Años de Resistencia y el Triunfo de la Memoria
La flor del “No Me Olvides” floreció en la noche más oscura de la patria: acompañó las huelgas de los metalúrgicos y de la carne en el Frigorífico Lisandro de la Torre, la creación de la CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro y Agustín Tosco, la lucha clandestina de los comandos de la juventud y el dolor inextinguible de los fusilamientos clandestinos en los basurales de José León Suárez en junio de 1956, inmortalizados por Rodolfo Walsh.
Ni las cárceles, ni las torturas, ni el destierro pudieron quebrar el mandato de amor y lealtad que esa florcita representaba. Dieciocho años más tarde, el 17 de noviembre de 1972, bajo una lluvia torrencial y custodiado por una multitud que desbordó Ezeiza, el General Juan Domingo Perón pisaba nuevamente el suelo argentino.
El pueblo no había olvidado. La flor silvestre de la solapa había vencido a todos los fusiles de la tiranía.