El Golpe de 1955 y la Furia Revanchista

En septiembre de 1955, un sangriento golpe cívico-militar autodenominado “Revolución Libertadora” —a la que el pueblo bautizó rápidamente como la Fusiladora— derrocó al presidente constitucional Juan Domingo Perón tras haber bombardeado la Plaza de Mayo en junio con aviones de la Marina que lucían la cruz y la palabra “Cristo Vence”, masacrando a más de trescientos civiles indefensos.

Los golpistas intervinieron la CGT, asaltaron los sindicatos, encarcelaron a miles de delegados fabriles, destruyeron los bustos de Eva Perón, secuestraron y profanaron su cadáver embalsamado, e hicieron arder en hogueras los libros de lectura de las escuelas primarias. La oligarquía creyó que borrando los símbolos materiales del justicialismo lograría extirpar el peronismo de la conciencia de la clase trabajadora.

📜 El Infame Decreto Ley 4161/56

El 5 de marzo de 1956, el dictador Pedro Eugenio Aramburu y su vicepresidente, el almirante Isaac Rojas, firmaron el tristemente célebre Decreto Ley 4161, uno de los edictos de censura política y cultural más extremos del siglo XX:

“Se prohíbe en todo el territorio de la República la utilización de las fotografías, retratos y esculturas de los funcionarios peronistas o sus parientes, el nombre propio del tirano prófugo y el de sus parientes, las fechas conmemorativas, las palabras Peronismo, Peronista, Justicialismo, Justicialista, Tercera Posición, las composiciones musicales 'Marcha de los Muchachos Peronistas' y 'Evita Capitana', y el uso de las siglas PJ o cualquier insignia peronista... Los infractores serán sancionados con prisión de treinta días a seis años e inhabilitación perpetua.”

La censura llegó a extremos delirantes: en la radio y en los periódicos estaba prohibido decir la palabra “Perón”, obligando a referirse a él como “el tirano prófugo” o “el dictador depuesto”.

La Flor Silvestre que Burló al Tirano

¿Cómo mantenerse unidos cuando estaba penado con la cárcel incluso pronunciar el nombre de su líder? Fue en los barrios obreros de Avellaneda, Lanús y Berisso, y en los talleres ferroviarios de Remedios de Escalada y Tafí Viejo, donde nació una de las metáforas más bellas de la resistencia política mundial.

Los militantes de base comenzaron a arrancar al costado de los terraplenes del tren y en los canteros de los descampados una modesta flor silvestre de pétalos celestes y corazón amarillo: el “No Me Olvides” (del género botánico Myosotis).

Discretamente, los compañeros se prendían la florcita con un alfiler en la solapa del sobretodo, en la campera de cuero o en el mameluco de trabajo. La policía de la dictadura no podía arrestar a un ciudadano por llevar una flor del campo prendida en el pecho. Sin embargo, para cualquier trabajador argentino, el mensaje era transparente, sagrado y desafiante:

“Nos cruzábamos en el vagón del tren o en la cola del colectivo. Bastaba una mirada rápida a la solapa del otro, ver la florcita celeste, cruzar los ojos y sonreír. No hacía falta decir una sola palabra. Sabíamos que éramos hermanos de causa y que la lealtad seguía viva en el corazón.”
General Juan Domingo Perón en el exilio (1965)
Durante dieciocho años de exilio, Perón mantuvo el contacto diario con las bases de la resistencia clandestina mediante cartas grabadas y emisarios de la flor en la solapa.

Los 18 Años de Resistencia y el Triunfo de la Memoria

La flor del “No Me Olvides” floreció en la noche más oscura de la patria: acompañó las huelgas de los metalúrgicos y de la carne en el Frigorífico Lisandro de la Torre, la creación de la CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro y Agustín Tosco, la lucha clandestina de los comandos de la juventud y el dolor inextinguible de los fusilamientos clandestinos en los basurales de José León Suárez en junio de 1956, inmortalizados por Rodolfo Walsh.

Ni las cárceles, ni las torturas, ni el destierro pudieron quebrar el mandato de amor y lealtad que esa florcita representaba. Dieciocho años más tarde, el 17 de noviembre de 1972, bajo una lluvia torrencial y custodiado por una multitud que desbordó Ezeiza, el General Juan Domingo Perón pisaba nuevamente el suelo argentino.

El pueblo no había olvidado. La flor silvestre de la solapa había vencido a todos los fusiles de la tiranía.