El Clima Previo y la Conspiración Militar

A comienzos de octubre de 1945, las tensiones sociales y políticas en la Argentina habían alcanzado un punto de ebullición insostenible. Desde su puesto en la Secretaría de Trabajo y Previsión, el coronel Juan Domingo Perón había impulsado una transformación revolucionaria sin precedentes: el Estatuto del Peón Rural, los convenios colectivos de trabajo, las jubilaciones, las vacaciones pagas, los tribunales laborales y la dignificación integral de la clase trabajadora.

Aquella política en favor de los desposeídos desató el odio visceral de las clases acomodadas, la Sociedad Rural, la Unión Industrial y la embajada norteamericana encabezada por Spruille Braden. El 9 de octubre, un golpe interno en el gobierno de facto forzó la renuncia de Perón a todos sus cargos. Tres días después, el 12 de octubre, fue detenido y confinado en la prisión militar de la isla Martín García.

“Esto que yo dejo a los trabajadores argentinos es una conquista que no se puede desandar; si quieren arrebatarles sus derechos, tendrán que pelear en las calles.”
— Juan Domingo Perón, al despedirse de la Secretaría de Trabajo

La Insubordinación de las Fábricas

Cuando la noticia de la detención de Perón se esparció por los cordones industriales, una inquietud profunda se apoderó de los talleres, los frigoríficos y los ferrocarriles. Los patrones comenzaron a mofarse de los obreros: “¡Vayan a pedirle el aumento a Perón!” decían con soberbia. Pero el pueblo trabajador comprendió de inmediato lo que estaba en juego: no se trataba solo de la libertad de un coronel, sino de defender sus propias vidas y su dignidad recién nacida.

En la noche del 16 de octubre, mientras la conducción sindical de la CGT debatía formalmente una huelga para el día 18, las bases obreras de Berisso, Ensenada, Avellaneda, Valentín Alsina y San Martín se rebelaron. Sin esperar órdenes de cúpulas, decidieron marchar por cuenta propia en la madrugada del miércoles 17 de octubre.

La multitud colmando la Plaza de Mayo el 17 de Octubre de 1945
Vista panorámica de la Plaza de Mayo desbordada por cientos de miles de trabajadores exigiendo la presencia de su líder.

El Cruce de los Puentes y la Plaza Desbordada

La policía intentó cortar el paso levantando los puentes sobre el Riachuelo (el Puente Pueyrredón y el Puente Alsina). La respuesta popular fue conmovedora: los obreros consiguieron lanchas, botes, cruzaron en balsas improvisadas y miles atravesaron las aguas a pie con los pantalones remangados.

Caminaron decenas de kilómetros bajo un sol abrasador de primavera. No era una marcha partidaria tradicional: era una caravana humana, un aluvión zoológico —como los bautizó con desprecio la oligarquía—, de hombres, mujeres y niños que vestían sus ropas humildes de trabajo, con el torso desnudo o en camisa: los descamisados.

Al mediodía, la Plaza de Mayo estaba colmada. Con los pies ardientes por la marcha, los trabajadores se quitaron los zapatos y los metieron en las fuentes de agua de la plaza: un gesto espontáneo que se convirtió en el mayor símbolo de desacralización plebeya del centro del poder político tradicional.

La Negociación en el Hospital Militar: El Poder Cambia de Manos

Durante toda la tarde del 17 de octubre, el centro del poder político y militar del país se trasladó imprevistamente al Hospital Militar Central en el barrio porteño de Palermo. Allí permanecía internado Juan Domingo Perón tras haber sido traído de urgencia desde la isla Martín García, custodiado por médicos leales como el Dr. Ricardo Finochietto y el Dr. Miguel Ángel Mazza.

Acorralado por la multitud que desbordaba la Plaza de Mayo y ante la negativa rotunda de la policía y de las tropas del Ejército a ametrallar al pueblo trabajador, el general Eduardo J. Ávalos —el hombre fuerte de Campo de Mayo que había forzado la destitución de Perón ocho días antes— debió acudir personalmente a la habitación del coronel para suplicarle una salida política.

El diálogo en el Hospital Militar fue lapidario. Ávalos, pálido y exhausto, le pidió que saliera a contener a la masa antes de que tomaran los ministerios por asalto. Perón, con una serenidad implacable que desconcertó al general sublevado, le respondió:

«Usted me metió preso, general; ahora sáqueme si puede. Yo no he llamado a nadie. Es el pueblo el que ha venido a buscarme espontáneamente. A esa marea humana no la para nadie con bayonetas si no se le garantiza lo que exige.»

Perón impuso tres condiciones innegociables para intervenir: la renuncia inmediata e indeclinable de todo el gabinete opositor (empezando por el almirante Vernengo Lima y el propio Ávalos), el nombramiento de ministros leales a la causa obrera, y la convocatoria inmediata a elecciones democráticas limpias, secretas y obligatorias.

El Encuentro en la Casa Rosada y el Memorable Diálogo con Farrell

Pasadas las diez de la noche, un automóvil trasladó a Perón en el más estricto sigilo hasta la Casa de Gobierno. El edificio vibraba: más de trescientos mil trabajadores golpeaban las rejas de Balcarce 50, encendían antorchas con periódicos y hacían retumbar el pavimento al grito de “¡Queremos a Perón!” y “¡Perón al balcón o no nos vamos nada!”.

En el despacho presidencial aguardaba el presidente de facto, general Edelmiro J. Farrell. Desesperado ante el colapso de la autoridad militar y el estruendo de la plaza que hacía temblar los ventanales de su oficina, Farrell recibió a Perón. La escena, reconstruida minuciosamente por historiadores como Félix Luna en su clásica obra El 45 y por Norberto Galasso, dejó para la posteridad uno de los intercambios más célebres y auténticos de la historia política argentina:

El Diálogo Histórico en el Despacho Presidencial (22:45 hs)
General Farrell: «Dígame, Perón: ¿qué es lo que hay que hacer? ¿Cómo salimos de esto?»
Coronel Perón: «Llamar a elecciones, mi general… ¿qué están esperando? Devolverle el poder al pueblo a través de las urnas.»
(Farrell acepta de inmediato convocar a comicios generales libres y ambos generales se estrechan la mano cerrando el pacto institucional).
Coronel Perón: (Con una leve sonrisa de picardía criolla, toma su abrigo y su gorra militar, dando media vuelta hacia la puerta):
«Bueno, mi general, entonces asunto arreglado. Si me permite, ahora me voy a mi casa.»
General Farrell: (Aterrado ante el estruendo de la muchedumbre que amenazaba con derribar los portones de Balcarce 50, lo toma con vehemencia del brazo):
«¡Pero déjese de embromar, Perón! ¿Cómo que se va a su casa? ¡Estos locos nos van a quemar la Casa de Gobierno! ¡Salga al balcón y hábleles para que se vayan!»
Coronel Perón: «Mire, Farrell, para que se vayan primero tengo que hablarles como ellos quieren. Y sólo se van a ir en paz si tienen la certeza absoluta de que nadie les va a quitar lo que han conquistado y que la Patria vuelve definitivamente a sus manos.»
Fuentes Históricas Documentadas: Este diálogo canónico fue testimoniado por el propio Juan Domingo Perón en sus conversaciones con Enrique Pavón Pereyra, documentado ampliamente por Félix Luna en El 45 (Editorial Sudamericana, 1969), corroborado por Norberto Galasso en Perón: Formación, ascenso y caída (1893-1955) y recogido en los archivos orales y testimoniales de la época custodiados por el Archivo General de la Nación.

El Balcón de las 23:10: El Pacto Indestructible

Farrell acompañó a Perón hasta los ventanales del primer piso. Cuando a las 23:10 las luces del balcón se encendieron y la figura del coronel apareció recortada en la noche, el clamor popular fue algo nunca antes presenciado en América Latina: trescientos mil descamisados rompieron en lágrimas, abrazos, vítores y cánticos que hicieron temblar las cúpulas de la ciudad.

Perón vestía en mangas de camisa. Había solicitado expresamente su pase a retiro del Ejército: ya no hablaba como militar de carrera, sino como un ciudadano más, hermanado para siempre con la suerte de los humildes. Su discurso inaugural no fue una arenga partidaria, sino el alumbramiento de una nueva liturgia patriótica:

“Trabajadores: Hace dos años, desde este mismo lugar, les dije que tenía tres esperanzas: gobernar para el pueblo, dignificar el trabajo y unir a los argentinos. Hoy, al verlos aquí reunidos en esta masa inconmensurable, siento que esas esperanzas son una gloriosa realidad. Esto es pueblo. Esto es el pueblo que sufre y lucha, que ha venido a decir que la patria no retrocederá jamás.”

En el tramo más emotivo de su mensaje, cuando la multitud le reclamaba saber dónde había estado retenido, Perón los convocó a superar el resentimiento y a construir una fuerza colectiva invencible:

“Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. He sentido siempre una enorme satisfacción; pero desde hoy, sentiré un verdadero orgullo de argentino, porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es la única seguridad de la grandeza de la Patria. Únanse, y sean más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse en esta hermosa Patria la unidad de todos los argentinos.”

Antes de despedirse, les encomendó una consigna suprema: desconcentrarse pacíficamente, cuidar la victoria popular y trabajar al día siguiente con la frente en alto. “Les pido que este pueblo sea prudente; no nos olvidemos de que los emboscados nos acechan. Manténganse firmes, en orden y con la guardia en alto.” A partir de esa noche irrepetible, el 17 de Octubre se consagró en el corazón del pueblo como el Día de la Lealtad: la fecha sagrada en que la clase obrera argentina descubrió su propia fuerza y cambió para siempre el destino de la Nación.